En Tarragona vamos muy bien servidos de mierda. La província tiene dos centrales nucleares en funcionamiento (que de vez en cuando nos dan algún susto, no demasiado aireado) y una tercera en proceso de desmantelación. Cerca, un enorme complejo petroquímico ocupa buena parte del extraradio de la capital. Estos días se habla mucho por aquí de residuos, de basura nuclear. Hoy mismo Ascó, donde está ubicada una de las centrales, ha presentado su candidatura a alojar en su municipio un cementerio nuclear de ámbito estatal, a pesar de la fuerte oposición de muchos vecinos propios y de otros de pueblos cercanos, como Mora d'Ebre donde nací, o como Flix, que amontona en un recodo del Ebro, el río al que se asoma el pueblo, toneladas y toneladas de residuos tóxicos acumulados a lo largo de los años por la petroquímica local y que tras el escándalo inicial, hace un par de años, aún no se ha empezado a retirar.
Somos muchos y queremos luz, agua, carburante y mil cosas más. Cosas. Muchas cosas.
Acabo de llegar de un lugar del que no me puedo desprender. Un lugar donde perviven milagrosamente enormes espacios limpios y simples. Extensiones lisas y apacibles de verdes ininterrumpidos en los que no hay nada más que aquello que un día debió ser todo. Cielos exuberantes de azules luminosos, manchados de nubes en continuo y silencioso tránsito, grises repentinos, nieblas cálidas, inmensos arcos iris diarios, atardeceres incomparables y paz, mucha paz. Sientes una extraña felicidad solamente con estar allí y mirarlo todo, una extraña plenitud viendo como los animales viven felices y tranquilos, sin ningún temor, sientes una antigua conexión con la perfecta armonía de sus movimientos suaves, te emociona la maravilla de su mera existencia libre... pero también te abruma irremediablemente la enorme tristeza de pensar cuánto ya se ha perdido de este mundo.
Hablaba de basura, y a pesar de todo, el espíritu humano es tan fantástico que incluso es capaz de hallar belleza en ella, como Tim Noble y Sue Webster que apilan desechos para proyectar sus caóticas sombras y darles bellas formas escultóricas o como Chris Jordan, fotógrafo y activista que transforma (no os perdáis su página) las frías estadísticas en grandes montajes llenos de belleza y talento, que te llenan de estupor y que pretenden concienciar acerca del consumo salvaje..









